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Kankuamos: volver a ser indígenas
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Kankuamos: volver a ser indígenas
Mientras el mundo se homogeneiza y occidentaliza, este grupo de descendientes de los kankuamos que habitan la Sierra Nevada de Santa Marta, en el norte de Colombia, quieren volver a ser indígenas.

El lingüista Saúl Martínez habla por el celular en "kankuañol", una mezcla de kankuamo y español, porque todavía no domina todo el vocabulario para comunicarseexclusivamente en el lenguaje de sus antepasados. Jaime Arias examina los diseños para regresar a los atuendos tradicionales de una etnia que renace. Mientras el mundo se homogeneiza y occidentaliza, este grupo de descendientes de los kankuamos que habitan la Sierra Nevada de Santa Marta, en el norte de Colombia, quieren volver a ser indígenas.

"La razón de este proceso es la más pragmática de todas: la supervivencia", explica el gobernador del cabildo, Jaime Enrique Arias Arias.

Los kankuamos eran uno de los cuatro pueblos que habitaban la Sierra Nevada, junto con los koguis, los arhuacos y los wiwas. Según su cosmogonía, cada una de las tribus representa una pata de la mesa, que es la Sierra, y ellos son los guardianes del equilibrio del mundo desde esta montaña que nace casi en el mar Caribe y se eleva hasta cumbres nevadas.

Sin embargo, como ellos estaban en la parte más baja y más accesible de la montaña se mezclaron con españoles y negros y abandonaron sus raíces indígenas hasta tal punto que perdieron su lengua, religión y costumbres. Ya a principios del siglo XX, los antropólogos los consideraba un pueblo mestizo.

La fiesta anual del Corpus Christi refleja esta fusión de culturas. Hombres con vestidos de palma de iraka y sombreros adornados con plumas de gallinas, representando la tradición indígena, bailan junto a otros con atuendos de colores y provistos de espejos y maracas, que mueven sus cuerpos bajo el ritmo de los tambores africanos. El sacerdote católico encabeza la procesión que serpentea por las calles empedradas.

Esta tendencia a la fusión se revirtió con la expedición de la Constitución de 1991, que otorgó generosos beneficios a los indígenas.

Los descendientes de los kankuamos vieron qué con las nuevas leyes las otras tribus de la Sierra, que habían mantenido su identidad nativa, eligieron representantes políticos, recibieron recursos económicos que antes manejaban políticos con otros intereses y, sobre todo, expandieron sus resguardos casi llegando a las tierras de los kankuamos.

"Aunque había en muchos el deseo de volver a las raíces, fue la lucha por la tierra lo que inició este proceso de recuperación de lo indígena", dice Martínez, un lingüista que ha recogido pacientemente las palabras que dejaron sus antepasados en conversaciones con los "mamos" (jefes indígenas) de las otras etnias de la Sierra o en libros que dejaron los misioneros españoles.

El impulso final para esta transformación llegó hace más de un lustro de la dolorosa mano de la guerra, cuando la venganza de los paramilitares, por la convivencia forzada de los indígenas con los guerrilleros, se extendió por las regiones habitadas por los descendientes de los kankuamos, en el departamento del César, al norte de Colombia.

Atanquez, un bello pueblo de calles empedradas y tapizadas de mangos que caen de los árboles, era considerado un bastión guerrillero. Las FARC y el ELN, guerrillas con más de 40 años de rebeldía armada en Colombia, habían hecho presencia luego que la policía se retiró ante la amenaza de un ataque hace más de 15 años. Los rebeldes impusieron su ley y reclutaron a los indios, algunos de los cuales hoy son comandantes en la guerra contra el Estado.

Además convirtieron el pueblo en un lugar de paso en la ruta de los centenares de secuestrados que la guerrilla capturaba en las sabanas del Caribe y llevaba hasta la selva tropical de la sierra mientras negociaba su rescate.

Entre los secuestrados figuró la ex ministra de cultura Consuelo Araujo, quien murió en medio de una operación militar para rescatarla, no lejos del resguardo kankuamo.

La arremetida de los paramilitares trajo más de 100 muertes en el 2003-2004 y el desplazamiento de más de 1.000 personas de esta región, que tiene unos 12.000 habitantes en los últimos dos años.

"El conflicto colombiano ha colocado en situación de vulnerabilidad a muchos grupos, pero los kankuamos son uno de los que corren más riesgo de supervivencia física y cultural", dijo Roberto Meier, director para Colombia de la oficina del Alto Comisionado para los Refugiados de Naciones Unidas (ACNUR).

Pero el regreso a su cultura ancestral no ha estado exento de cuestionamientos. Aunque ya el gobierno los certificó como etnia en 1997, les aprobó el resguardo en el 2003 y les empezó a girar dinero para que ellos mismos los administren, muchos creen que todo esto es una estafa.

"Estos tipos son unos vivos, ahora dizque son indios", dijo un profesor universitario que vive en Valledupar, conoce a toda la dirigencia kankuama desde antes de que se volvieran indios y prefiere no ser identificado para evitarse problemas en un pueblo en donde todo el mundo se conoce, tiene parentesco y la violencia ha afectado el modo de vivir.

Otros allegados al proceso también tienen cuestionamientos, como Rafael Andrés Carrillo, el director de la Danza de las Negritas en la procesión del Corpus Christi.

"Yo no soy enemigo del proceso, pero sí de las cosas mal hechas y hay muchas cosas que se están inventando y no investigando en la tradición", afirma Carrillo, también un consumado botánico y uno de los mayores conocedores de las costumbres del pasado.

Los kankuamos aceptan que están de regreso a sus raíces, pero piensan que es legítimo recrear una identidad, como afirma el gobernador kankuamo Arias, quien sólo empezó a "mambear" (mascar) coca hace una década.

La religión es uno de los problemas principales al interior del proceso. Para muchos, como Martínez, sin volver a las creencias de los antepasados no hay regreso a lo indígena. Carrillo por su parte afirma que llevan 500 años siendo católicos y en las últimas décadas hay muchos que se volvieron evangélicos y que no tiene sentido eliminar la historia.

Las discusiones continúan, pero el proceso de volver a lo indígena es irreversible. "Ya verás que en unos diez años cómo todos estamos de vestido con túnicas blancas, "poporo" (vasija para depositar la coca) para mascar y sintiéndonos indios como eran nuestros antepasados", dice Arias, quien todavía viste vaqueros y camiseta y piensa dar el paso al atuendo tradicional pronto.

Fuente(s): grupotortuga.com

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