"Una vez conocí a dos hombres que estaban tan completamente de acuerdo que, lógicamente, uno mató al otro"

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Dios, naturaleza y el Marqués de Sade
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Dios, naturaleza y el Marqués de Sade
Desde mi reino había un abismo hacia el mundo de los humanos; los encontraba tan soberbios, tan convencidamente protagonistas de un mundo en el que habitábamos todos. Ellos creían ser el centro de una historia de la que no eran más que actores de reparto. Después de todo -a pesar de que creían ser otra cosa- no eran más que animales.

Estábamos nosotros, los animales, además de otra gama incuantificable de seres habitando este lugar. La mayor diferencia entre los humanos y los demás radicaba en su falta de sinceridad, en el cuento que se habían contado a sí mismos para verse como los elementos centrales en el origen, desarrollo y desenlace de esta historia.

Estaba persuadido de las ínfulas de los hombres hasta que apareció en mi plumífera vida Donatian Alphonse François, más conocido por todos como el Marqués de Sade. Su filosofía fue un aire fresco y fuerte para mí: desafiando a lo que ellos entendían como evolución, casi aprendí a volar de nuevo. Cuando lo conocí ya no era tan claro que nosotros, los pollos, hubiésemos perdido por completo esa capacidad. Al oír lo siguiente, entendí que no todos los humanos estaban tan sesgados respecto a lo que eran:

¿Qué es el hombre y qué diferencia hay entre él y las otras plantas, entre él y todos los animales de la naturaleza? Indudablemente ninguna. Fortuitamente colocado, como ellos, sobre este globo: ha nacido como ellos: se propaga, crece y decrece como ellos; como ellos llega a la vejez y cae como ellos a la nada al cabo del término que la naturaleza asigna a cada especie de animales, en razón de la constitución de sus órganos. Si las semejanzas son tan exactas que al ojo examinador de un filósofo le resulta imposible percibir ninguna diferencia, entonces habrá tanto mal en matar o tan poco en matar a uno como a otro, y la distancia entre ambos actos sólo se hará en los perjuicios de nuestros orgullos.

El origen de su soberbia radicaba en lo que ellos habían denominado Dios. En el cuento que se habían contado y creído por siglos y siglos, en el cuento que los había hecho perder cada vez más su animalidad, en el cuento que los domesticó y los hizo creerse diferentes, en el cuento que los llevó a creer en el alma, en lo bueno y en lo malo. Mi admirado Marqués –como poseído por una sobredosis de sinceridad, de autoconciencia – vio claramente que esta historia no era más que una fábula humana que se transmitía sin cesar como “la verdad” y que también adquiría la forma de “lo bueno” y “lo malo”.

La visión de Sade no quedó atrapada en la fugacidad de una noche sino, por el contrario, se transformó en su emblema, en su forma de vivir. Lo que los mojigatos pregonaban a raudales como virtud, bien entendió Sade, no era más que una negación constante de los instintos. Vio que la virtud era una caprichosa enseñanza, una costumbre enraizada en la tradición y en el cristianismo que atentaba contra lo más verdadero, contra lo que sentíamos. Así, la diferenciación tradicional entre bien y mal se difuminó para él. Lo bueno ahora era favorecer los instintos, dar rienda suelta a los placeres corporales.

El procedimiento que llevó a fondo fue la inversión de todos los valores cristianos. De lo que se trataba ahora era de explorar las posibilidades de una libertad sin obstrucción alguna. Para mí el asunto era simple, pues yo no había vivido casi dos mil años bajo el alero del cristianismo, si tenía hambre comía maíz y si me quería reproducir copulaba. En cambio, para los humanos, todo parecía ser tan difícil y torturante cuando suprimían sus deseos por medio de absurdas ataduras morales.

El Marqués es ante todo un llamado a dejar de lado estas ataduras, un llamado a la naturalidad, a la destrucción de los ridículos preceptos que transmiten los moralistas y que nos alejan de nuestra naturaleza más íntima. Un llamado a derribar el mito de Dios y sus nefastas consecuencias en la historia: “La idea de Dios es el único error por el que no puedo perdonar a la humanidad”

Lo anterior me hace pensar que el Marqués de Sade sí fue un gran animal.

Fuente(s): lapollera.cl

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