"Una vez conocí a dos hombres que estaban tan completamente de acuerdo que, lógicamente, uno mató al otro"

Lectura destacada

La nueva guerra en el Congo. ¿Hasta cuándo?

John Rabe: el nazi que salvó 25 mil vidas en tierras chinas
Compartelo en
Pin It

John Rabe: el santo nazi en tierras chinas
Durante la guerra entre China y Japón ocurrieron hechos bestiales. Actos de inconcebible maldad, alienación pura, horrendos crímenes prefigurados en mentes estrechas. Poco se conoce sobre este evento bélico, mucho menos sobre las atrocidades cometidas por el ejército imperial del sol naciente.

Era la víspera de la Navidad del año 1937. Hacía frío. Los copos de nieve flotaban sobre los tejados, los árboles y caían con delicadeza poética sobre las calles. Era un panorama delicado. Flores blancas que caían sobre la tierra desnuda, alfombras de luz sobre el pavimento. Un hombre alemán vivía en Nanjing, antigua capital de China. Tenía intereses comerciales en esa ciudad. Había nacido en Berlín y se había enlistado en el partido Nazi.

Uno de sus socios le comentó sobre el bárbaro avance de los nipones desde los emplazamientos del entorno. Se hablaba de brutalidades, de acciones inenarrables contra la población.

No dio crédito a las palabras de su amigo y decidió averiguar por si mismo. Se dirigió hacia el hospital y allí, en complicidad con un médico conocido, ingresó al depósito de cadáveres.

El olor era insoportable. Cuerpos apiñados contra las paredes se desparramaban unos sobre otros. Todo el contorno estaba cubierto de sangre seca, de un extraño color entre anaranjado y marrón.

Caminó entre los cuerpos. Algunos estaban sobre camillas. Un bulto muy pequeño le llamó la atención y le quitó la manta ensombrecida que le cubría. Era un niño de unos siete años. Por todas partes tenía heridas de bayoneta.

Se quedó helado. Su amigo médico le hizo volver. Le mostró otros restos. Uno de ellos era el de un civil. Todavía reposaba a su lado un sombrero de ala ancha completamente cubierto de sangre. Estaba carbonizado y era evidente que le habían arrancado los ojos. Una de sus manos había sido cercenada y sus órganos sexuales habían sido arrancados, no cortados, arrancados.

Las escenas fueron descritas en su diario. Por la noche, al llegar a su casa, hacia el norte, cerca del edificio de correos, el hombre, llamado John Rabe escribió con mano temblorosa todo lo que había visto. Se detenía a cada momento porque sus ojos se anegaban de llanto y debía quitarse los anteojos para secar sus lágrimas.

En una hoja en blanco escribió con tanta fuerza que rompió el papel. Sus palabras eran duras y cortantes, la firmeza de la mano sobre la superficie dejó grabadas esas letras con fuego. “Un hombre no puede mantenerse en silencio ante tanta crueldad”, rubricó.

Para ese momento, las tropas japonesas habían ocupado la capital china. Los soldados sacaban a los hombres, mujeres, niños y niñas de sus casas. Los empujaban a culatazos hasta los camiones, donde los lanzaban como fardos.

En las afueras de la ciudad, cerca de un vertedero los alineaban contra los cascotes de un muro carcomido por las bombas. Allí les disparaban a mansalva, sin importar edad, condición o sexo.

Antes, violaban a las mujeres y a las niñas. Era una pavorosa demostración de lascivia, un festival de sangre y dolor. Durante semanas, sometían al escarnio del ultraje sexual a todas las mujeres para después pasarlas por las bayonetas o abatirlas con los fusiles. John Rabe era atormentado por las pesadillas. Todas las noches despertaba gritando, sudoroso y con los ojos desorbitados se asomaba por la ventana en busca de fantasmas.

Con un grupo de occidentales, estableció lo que se conoció como la zona segura en Nanjing. Allí, en sótanos, bodegas escondidas detrás de viejos cobertizos, en subterráneos logró esconder a unas 200 mil personas. Como era alemán y su país era aliado de Japón, Rabe mostraba su credencial del partido Nazi sin despertar sospechas entre los militares nipones.

Un poco parecido a Schindler en Alemania, Rabe, apeló a su condición de comerciante, de empresario necesitado de mano de obra barata y accesible. Rabe era un poco ingenuo. Creía que el movimiento Nazi era una fuerza reivindicativa de los trabajadores alemanes. Imaginaba de sus líderes, un sentido humanista, les creía poseedores de una visión diáfana del futuro.

Se dice que escribió una carta a Hitler para pedir su intervención contra las matanzas llevadas a cabo de manera sistemática y perversa por sus aliados políticos. A pesar de todo, Rabe creyó más en la necesidad de servir de forma directa al pueblo invadido y masacrado. Con firmeza intervino ante los militares japoneses para impedir los saqueos y las violaciones. En algunas ocasiones tuvo éxito, en otras se granjeó enemistades entre los oficiales.

Utilizaba los camiones de la compañía de un amigo para hacer salir de la ciudad a miles de chinos. Los conducía hacia las montañas o hacia el mar, desde donde zarpaban en chalupas hechas con bambú.

Al recapitular las actividades de Rabe, se obtiene una conclusión muy clara, no era un anti nipón. Al principio no creía las historias macabras que le contaban sobre la maldad de los soldados, pero después lo comprobó como ocurrió en aquel pabellón de cadáveres.

El coraje de este hombre que salvó a cientos de miles de personas, no fue alimentado por convicciones políticas, sino por el ardor de una conciencia ofendida por los actos barbáricos presenciados. Los diarios de Rabe apenas fueron descubiertos en la pasada década de los noventa. Hoy se rescata su memoria de tan escandaloso laberinto de muerte y degradación. Rabe murió en Berlín el 5 de enero de 1950. Había nacido en Hamburgo, el 23 de noviembre de 1882.

Fuente(s): blogs.periodistadigital.com

No hay comentarios :

Publicar un comentario

Copyright © . La Gran Paradoja Todos los derechos reservados. QPlantilla © design by neronsn Acerca del Sitio // Politica de Cookies // Sitemap // Contacto // Ir Arriba