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El árbol de la muerte del Caribe y Centroamérica
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El Hippomane mancinella, conocido como manzanillo de la muerte, manzanillo de arena o árbol de la muerte es un árbol de la familia de las Euphorbiaceae (lejanamente emparentado pues con la yuca y el ricino).

Su hábitat son los suelos costeros, arenosos y con alta salinidad, de Centroamérica y el Caribe. Como muchas otras euforbiáceas, es poderosamente tóxica, y su fruta —similar a la manzana, y de agradable aroma— resulta mortal para los seres humanos.

Puede alcanzar los veinte metros de altura y presenta una gruesa corteza, una copa densa y amplia y diminutas flores agrupadas en inflorescencias, presentes todo el año pero más abundantes en torno a marzo.

El manzanillo es extremadamente tóxico; todo en él es venenoso. Sólo el tocarlo ya es peligroso y desaconsejable. Sus hojas, ramas y corteza segregan al romperse una savia espesa y blanquecina altamente tóxica que causa ardor, irritación y quemaduras en la piel y las mucosas; puede incluso causar ceguera en caso de entrar en contacto con los ojos.

Es tan venenosa, que durante siglos las tribus de las costas del Caribe utilizaron esa savia para envenenar sus flechas; que se lo digan al conquistador español Juan Ponce de León, muerto tras dos días de dolorosa agonía después de haber sido herido por los calusa con una de esas flechas.

Pero sin duda su mayor peligro son sus frutos: carnosos, de aspecto apetitoso, agradable olor y sabor dulce, son letales en pequeñas cantidades, pero los primeros síntomas (inflamación de las mucosas, hemorragias internas) no aparecen hasta pasados unos minutos, por lo que la desprevenida víctima sigue comiendo.

La mayoría de las muertes que provoca este árbol son turistas despistados que se comen algún fruto que encuentran cerca de las playas, pese a que suele haber carteles advirtiendo de su peligrosidad. Los indígenas caribeños los usaron contra los españoles envenenando con ellos los pozos de agua potable.

Y no acaban ahí los peligros del manzanillo. Tampoco es buena idea buscar su sombra para echarse la siesta, ya que su polen es altamente corrosivo; es capaz de disolver tejidos como el algodón y causa en la piel irritación, eczemas e incluso quemaduras de primer y segundo grado.

Y ni siquiera puede uno cobijarse durante una tormenta, puesto que el agua que resbala por sus hojas y corteza se vuelve altamente ácida y tiene el mismo efecto que la lluvia ácida. Hasta su madera, al ser quemada, produce un humo irritante y tóxico.

Una tortura habitual entre las tribus caribeñas consistía en atar a alguien a uno de estos árboles para que sufriera una muerte lenta y dolorosa. Irónicamente, toda esta toxicidad, desarrollada como defensa a lo largo de millones de años de evolución, ha llevado a esta especie a estar seriamente amenazada de extinción. En muchas de las regiones donde se encontraba ha sido erradicado, fundamentalmente para proteger el turismo.

Fuente(s): laescaleradeiakob.blogspot.com

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