"Una vez conocí a dos hombres que estaban tan completamente de acuerdo que, lógicamente, uno mató al otro"

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El desierto, un tercio de toda la superficie terrestre
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Hablado de datos puramente descriptivos el desierto es el ecosistema con más extensión en las tierras emergidas: su superficie total es de 50 millones de km, poco menos que un tercio de toda la superficie, lo que no esta nada mal.

Hay varios tipos de desiertos pero el que tenemos todos en mente es el del tipo Sahara, un desierto de arena con dunas y con mínimas precipitaciones. El desierto ejerce sobre el ser humano una extraña atracción: cualquiera que haya estado os lo puede explicar (o no, por que a veces es difícil verbalizar según que cosas), la soledad, el silencio, la monocromía, el calor, el frío, el cielo, las estrellas o la Luna son elementos que el desierto parece que amplifique de manera notable. Una muy buena definición de desierto se la debemos al viajero Richard Francis Burton en su libro Viaje a Medina y La Meca.

“[...]El corazón te late dentro del pecho solo con plantearte la posibilidad de medir tus limitadas fuerzas con el poder de la naturaleza y salir triunfante de la prueba. Esto explica el proverbio árabe que dice: “Viajar es vencer”.

En el desierto, aun más que en el océano, la muerte esta bien presente; hay problemas, y abordajes, y naufragios, en soledad, no en medio del gentío, como dicen los persas, “la muerte es una fiesta”, y esta sensación de peligro, nunca ausente, dota al escenario del viaje de un interés añadido.

Si hay algún viajero que piensa que exagero, que se desvié de la carretera de Suez una hora o dos y galope hacia el norte allende los arenales; en medio de ese silencio sepulcral, de esa desolación fantasmagórica, podrá percibir lo que puede llegar a ser el desierto.[...]

En estas circunstancias, el pensamiento se deja influir por el cuerpo. Aún que la garganta te quema y tienes la piel reseca, no te sientes cansado como en un clima húmedo; tienes lo pulmones limpios, la vista penetrante, la memoria despierta, y te sientes eufórico; la fantasía y la imaginación se desbordan, y tanto la sequedad como la sublimidad de los paisajes que te envuelven excitan todas las energías del espíritu, tanto si es a causa del esfuerzo, como del peligro o la tensión.

Te animas; te vuelves franco y cordial, hospitalario y resoluto; la cortesía hipócrita y las otras servitudes de la civilización quedan atrás, en la ciudad. Los sentidos se te agudizan; no te hacen falta otros estimulantes que el aire libre y el ejercicio (en el desierto, la bebidas espirituosas no provocan sino malestar). Te regocijas en los aspectos puramente animales de la vida.

El hambre te hace ingerir los platos más indigestos, encuentras la arena más blanda que un colchón de plumas, y la pureza del aire expulsa toda una malsana cohorte de enfermedades. Es así como gente de un sexo u otro, de cualquier edad, desde el espíritu más práctico hasta el más fantasioso, el ciudadano corriente, el rector, la solterona, el estudiante capacitado, la criatura enviciada por la civilización, todos sienten como se les henchía el corazón, los pulsos baten con fuerza, mientras que desde la altura de los dromedarios contemplan la magnificencia del desierto.“

Foto: flickr.com
Fuente(s): pasalavida.org

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