"Una vez conocí a dos hombres que estaban tan completamente de acuerdo que, lógicamente, uno mató al otro"

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El relativismo filosófico del siglo XIX
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El relativismo filosófico hace referencia de una manera muy concreta al relativismo del conocimiento, inaugurado en el siglo XIX por el pensador W. Hamilton. Según esta doctrina, el conocimiento humano es completamente relativo, ya que siempre está sujeto a dos formas de condicionamiento esenciales.

Por un lado, cada vez que el ser humano intenta conocer algo, este conocimiento es relativo a la forma de conocer propiamente humana. Esto es: no se conocen las cosas como son realmente, sino como son para el entendimiento humano. El hombre, cuando aborda el objeto que intenta conocer, lo transforma, lo torna relativo.

Por otro lado, los objetos del conocimiento son relativos a sus relaciones con otros objetos y a las circunstancias en las que son conocidos. Nadie puede conocer una cosa o un hecho aisladamente, sino siempre dentro de una situación dada.

Estas teorías, sin embargo, no son nada originales, ya que se pueden encontrar en las grandes tradiciones filosóficas modernas. El propio Immanuel Kant había escrito innumerables páginas contra el dogmatismo de los primeros racionalistas, afirmando que el objeto del conocimiento siempre es relativo a la forma de conocer del ser humano.

En cualquier caso, del relativismo del conocimiento se sigue en primer lugar que no es posible establecer verdades absolutas, que se sustenten por sí mismas; y en segundo lugar, que no se puede acceder a las cosas en sí mismas, a las cosas en tanto que cosas puras, al margen del propio sujeto y su percepción.

Los autores que siguieron las formulaciones de Hamilton se encuadraban dentro del positivismo y el pragmatismo, y todos ellos llegaron a unas conclusiones muy similares: el conocimiento siempre es relativo, puesto que depende del hombre y de las condiciones en las que se conoce el objeto.

Los relativistas modernos quisieron ver los orígenes de esta doctrina en los primeros grandes pensadores griegos, como Protágoras, quien ya afirmó que el hombre es la medida de todas las cosas. Sin embargo, lo característico de este relativismo contemporáneo residía en que luchaba contra las propuestas dogmáticas modernas que se habían realizado en los más diversos ámbitos científicos. No se trataba sólo de la relatividad del conocimiento especulativo o filosófico, sino también del cultural, el antropológico o el social.

El pensador Oswald Spengler llevó este relativismo hasta sus últimas consecuencias en una de las obras más célebres de la primera mitad del siglo XX, La decadencia de Occidente. Según Spengler, con el reino del relativismo filosófico los conceptos de hombre o historia desaparecían, sucumbían ante la muerte del paradigma moderno.

Esto quería decir que la forma moderna, propiamente occidental de entender el mundo, estaba llegando a su fin. Sin embargo, muchos autores posteriores han querido ver en el relativismo filosófico otra forma más de fundamentalismo o dogmática, ya que se trata al fin y al cabo de la propuesta de una única verdad que anula a todas las demás.

En cualquier caso, el relativismo filosófico, junto con el relativismo científico de Albert Einstein, introdujo en el siglo XX una serie de conceptos e ideas que aún siguen operando. Sólo hay que pensar en los estudios antropológicos de otras culturas para darse cuenta del alcance que ha tenido y sigue teniendo el relativismo. Siempre que algún modelo teórico intenta abrirse paso en el mundo de la epistemología, tiene que explicar de dónde procede, cuáles son las circunstancias concretas de las que parte y cuáles son las relatividades a las que se atiene.

Esta postura, tan propia de la contemporaneidad, encuentra en los autores que aún se atreven a defender la filosofía tradicional una serie de reproches que no dejan de tener cierto interés. Así, para los pensadores más tradicionalistas, como Jurgen Habermas, tras la búsqueda del relativismo absoluto no hay sino miedo a alcanzar la verdad. Es cierto que hoy en día se es perfectamente consciente de que las verdades son variables y refutables; pero eso no quiere decir que el principio de verdad no deba seguir rigiendo todos los estudios, sean del orden que sean.

Fuente(s): armonialive.com

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