"Una vez conocí a dos hombres que estaban tan completamente de acuerdo que, lógicamente, uno mató al otro"

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Costumbres funerarias para evitar el más allá
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EL hombre siempre ha considerado a la muerte de dos maneras diferentes. Basta recordar por una parte la consoladora figura de San Pedro a la puerta del Cielo y, por otra, el oscuro espectro de la Parca. También las ceremonias funerarias han reflejado siempre ambas imágenes.

Unos pueblos han colocado ofrendas en las tumbas de sus seres queridos para facilitarles la vida en el otro mundo; otros han traspasado con estacas el corazón de los muertos para evitar su regreso.

En Oriente, uno de los principales modos primitivos de satisfacer tan opuestos deseos era la cremación. El alma o espíritu era impulsado hacia el cielo por las llamas, mientras el cuerpo se destruía fundamentalmente para que no vagara de ninguna de las maneras por la tierra.

Destrucción del alma. Pero en los países cristianos, la cremación estuvo prohibida durante siglos porque se oponía a la doctrina de la resurrección corporal. Por esta razón en la Edad Media se quemaba a las brujas, para destruir sus cuerpos y sus almas.

En Gran Bretaña, la cremación comenzó a ganar adeptos hace poco mas de 100 años, cuando el doctor William Price, un galés excéntrico, quemó el cadáver de su propio hijo. Price fue juzgado en Cardiff en 1884, pero fue declarado inocente porque el juez estableció que la cremación era legal, siempre que no perjudicara a terceras personas.

Sin embargo, el entierro tenía como fin conservar el cuerpo, bien por la creencia cristiana en el día del Juicio Final, o bien porque se considerara necesario el cuerpo en el otro mundo. Los órganos internos de los faraones egipcios se extraían cuidadosamente y se embalsamaban por separado. Antes de precintar la tumba se colocaban junto a la momia en el ataúd. De este modo se garantizaba que el rey muerto permanecería físicamente completo en el otro mundo.

Desde los más remotos tiempos solían colocarse diversos objetos al lado de los difuntos. Por las ofrendas elegidas, los arqueólogos han podido deducir qué ideas tenían los diversos pueblos acerca del otro mundo. Los egipcios esperaban una vida rica y lujosa después de la muerte y por ello enterraban a los suyos con enseres domésticos y notas de distinción.

Los vikingos no imaginaban un cielo sin lucha y enterraban a sus héroes con armas que habían de utilizar en el Valhalla, su paraíso. Se pretendía también que el extinto, rodeado de tanto agasajo, disfrutara de tal modo en su mundo que no deseara volver al nuestro. Según los antiguos, las coronas de flores no sólo honraban adecuadamente a los muertos, sino que actuaban de círculo mágico que retenía a las almas y evitaba que vagaran por este mundo.

Una moneda en la tumba. Los antiguos griegos colocaban una moneda en la tumba para pagar el importe del viaje a través de la laguna Estigia hasta el Hades. En los países escandinavos se calzaban los pies del finado, que había de emprender una larga caminata hasta ultratumba. En América, los indios zuni entierran pan para que el guerrero fallecido no sienta hambre y regrese en busca de alimento.

Pero la atención a los muertos también ha llegado a casos extremos: resultó extraordinariamente costosa como en el caso del joven faraón Tutankamon, rodeado de un fabuloso tesoro, y supuso, otras veces, un sangriento holocausto de vidas humanas. Entre los escitas, los reyes Darío y Arianto, que vivieron en el siglo VI antes de J.C., fueron enterrados en unión de sus esposas, esclavos y caballos, todos ellos sepultados en vida, para que les sirvieran en el otro mundo.

No hace tantos años que las esposas hindúes aceptaban en su mayoría la costumbre del suttee, según la cual se arrojaban sobre las piras funerarias de sus esposos para que la muerte no les separara. Aunque en algunos estados de la India esta práctica fue prohibida por la ley en el año 1829, Inglaterra todavía trataba de extirparla a principios del siglo XX.

Los chinos no realizan dispendios a la hora de atender a los suyos en su viaje a la otra vida. Se limitan a quemar, en los funerales, réplicas de papel de los enseres que necesitan los difuntos. Los tibetanos creen en la reencarnación de las almas y dedican tanto interés al «arte» de la muerte como al de la vida. Cuando alguien fallece se celebra una complicada ceremonia con la lectura al cadáver del Bardo Thodol, libro de los muertos. De este modo se instruye al finado en los misterios que le esperan antes de que regrese al mundo con una nueva vida.

Seguridad bajo la tierra. Las lápidas funerarias tuvieron en un principio el doble propósito de encomendar a los muertos al cuidado de un dios y de mantenerlos seguros bajo la tierra. Desde los tiempos más remotos se ha empleado la cruz para señalar las tumbas, así como la cruz anillada de los antiguos adoradores del
Sol. Posteriormente, cuando la cruz se convirtió en símbolo del cristianismo, la cruz anillada fue adoptada entre los celtas como símbolo por la primitiva Iglesia. Sin embargo, el marcado de las tumbas fue costumbre casi exclusiva de los poderosos hasta 1os últimos años del siglo XVI.

Con la disposición de la tumba también se quiso facilitar el vuelo del alma hasta su última morada. Ciertas tribus antiguas del País de Gales solían enterrar a sus muertos de pie para que sus almas ascendieran a los cielos con mayor facilidad.

Con frecuencia, las tumbas cristianas están orientadas de este a oeste, de manera que apuntan hacia Jerusalén. En el Japón, sin embargo, los muertos se entierran con la cabeza hacia el norte, y esta supersticiosa costumbre está tan arraigada que incluso en la actualidad algunos viajantes japoneses llevan una brújula para acostarse en la posición correcta.

Reservada a los criminales. La muerte no siempre se ha considerado el gran igualador de los hombres. En algunos templos de Escocia y del norte de Inglaterra, la zona norte del cementerio se reservaba a los criminales porque se consideraba de mala suerte; y el este, a los fieles piadosos por ser la zona más cercana a Tierra Santa. Los nobles se enterraban en el sur, y las gentes del pueblo se amontonaban en el oeste.

Los suicidas han sido tratados con especial dureza. Considerados como asesinos de sí mismos, se les prohibió el entierro en lugar sagrado, y en Inglaterra hasta el año 1824, fecha en que se modificó la ley, se sepultaba al suicida en un cruce de caminos, traspasado el corazón por una estaca. Se pensaba que los enterrados fuera del cementerio volverían en forma de espíritu maligno a no ser que se les fijara aun punto determinado. y si a pesar de ello el espíritu conseguía liberarse, quedaría en la encrucijada eternamente perplejo al tener que elegir un camino.

Foto: thirdcoastdigest
Fuente(s): kardamoon.blogspot.com

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