"Una vez conocí a dos hombres que estaban tan completamente de acuerdo que, lógicamente, uno mató al otro"

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En el año 42 de nuestra era, San Pedro al entrar a Roma se encuentra con un filosofo y entablan una charla:

EL FILÓSOFO.- Extranjero, ¿de dónde vienes?

PEDRO.- Vengo de Oriente; y pertenezco a una raza que vosotros odiáis, a la que habéis expulsado de Roma Soy judío : nacido en Betsaida de Galilea.

EL FILÓSOFO.- ¿Qué es lo que te trae a Roma?

PEDRO.- Vengo a destruir el culto de los dioses que vosotros adoráis, y a daros a conocer el único verdadero Dios que no conocéis.

EL FILÓSOFO.- ¡A la pelota! ¡Hacer conocer un nuevo Dios, establecer una religión nueva! ¡La empresa es grande! Pero, ¿cuál es el Dios desconocido del que hablas?

PEDRO.- El Dios que ha creado el cielo y la tierra. Dios Padre ha enviado al mundo a su Hijo Único, Jesucristo, que se hizo hombre sin dejar de ser Dios. El fue crucificado para la el perdón de los pecados, resucito el 3 día y nos envió el espíritu Santo, El me envía para deciros que todos los dioses del Imperio no son sino falsas deidades. Él es el único verdadero Dios que debe conocer el mundo.

EL FILÓSOFO.- ¡Por Júpiter, tú deliras!... ¡Tú querrías derribar los altares de nuestros dioses, que han dado a Roma el dominio del mundo, para hacer adorar tal cosa como un Dios crucificado !, Pero, ¿puede acaso imaginarse algo más absurdo, más ilógico?

PEDRO.- No, no deliro. En Roma no habrá más que un solo Dios; el Dios crucificado en Jerusalén

EL FILÓSOFO.- ¿Y qué vienes a anunciarnos de parte de un Dios tan extraño?... Seguramente tu religión debe ser cómoda, fácil y atrayente...

PEDRO.- La religión que yo predico parece una locura a los hombres. Obliga a la inteligencia a creer en misterios insondables, y al corazón a domar todas sus pasiones. Condena todos los vicios que tienen templo en esta ciudad; impone la práctica de las virtudes: como la humildad, la castidad, la caridad, la penitencia.

EL FILÓSOFO.- ¿Y qué prometes a los que sigan tu religión?

PEDRO.- Aquí en la tierra tendrán que soportar incesantes luchas, privaciones y sufrimientos. Deben estar prontos a sacrificarlo todo, hasta la propia vida, antes que apostatar de su fe. Pero en el cielo, después de su muerte, yo les prometo un trono de gloria más hermoso que todos los tronos del mundo.

EL FILÓSOFO.- Si los romanos renuncian a las delicias de la vida para abrazar tu religión tan austera, yo creería que tú eres un dios.

PEDRO.- Yo no soy nada. Pero el que me envía es Dios. Vengo en su nombre a enseñar a todas las naciones y a establecer su religión en todo el universo

EL FILÓSOFO.- ¡Sabia Minerva! ¡Jamás hombre alguno soñó con semejante proyecto!... Establecer una religión de tal naturaleza en Roma, centro de la civilización, de las luces y del culto a los dioses del Olimpo; querer hacer adorar a un galileo crucificado , ¡es locura!... ¿Quién eres tú que sueñas con semejante empresa?

PEDRO.- pues yo soy pescador...

EL FILÓSOFO.- ¿Con qué medios cuentas para imponer al mundo tus ideas? ¿Tienes por ventura legiones y guardias pretorianas más numerosas y valientes que las del César?

PEDRO.- Nosotros somos DOCE, esparcidos por todos los pueblos, y mi Dios me prohíbe emplear la violencia. No tengo más arma que esta cruz de madera.

EL FILÓSOFO.- ¿Posees entonces, tesoros y riqueza con los cuales comprar discípulos?

PEDRO.- No tengo ni oro ni plata. En el mundo no poseo más que este vestido que me cubre

EL FILÓSOFO.- En ese caso, confiarás en tu inteligencia. ¿Cuánto tiempo estudiaste con los retóricos de Atenas o de Alejandría el arte de persuadir a los hombres?

PEDRO.- No he frecuentado más escuela que la de mi maestro, Jesus, y no sé nada fuera de la santa religión que Él me ha enseñado.

EL FILÓSOFO.- ¿Esperas, por lo menos, que el César, sus procuradores, cónsules, tribunos, ricos y sabios del imperio simpaticen con tu empresa?

PEDRO.- No; Dios es mi única esperanza. ¿Cómo podría yo contar con ricos y sabios?... Yo mando a los ricos que desprecien sus riquezas, a los sabios les digo que sometan su razón a la Fe y al César a que renuncie a sus atributos divinos y crea en Jesús como Dios.

EL FILÓSOFO.- Siendo así, todo estará en contra tuya ¿Qué planeas hacer cuando tal cosa suceda?

PEDRO.- Morir en una cruz; así me lo profetizó Jesús.

EL FILÓSOFO.- Verdaderamente, extranjero, esto es lo más desquiciado de cuanto acabas de decirme. No conosi a nadie tan loco como tú, ¡Adiós, que los dioses sean contigo! El romano se va, mientras piensa: ¡Pobre loco! Un judío que ha perdido la cabeza... lástima, pues parecía ser alguien respetable... Pedro besa su cruz y entra en Roma. Ahí, a pesar de los sacerdotes, a pesar de los filósofos, a pesar de los Césares, echa raíces el cristianismo; hace que cada vez más romanos adoren a un judío crucificado . El ignorante pescador prueba su doctrina tan cumplidamente.

Algunos años más tarde, el Apóstol extiende sus brazos en la cruz que ha predicado. Su muerte fija para siempre en Roma la sede del Pontificado. Después de su martirio, la cátedra desde la cual ha enseñado nunca queda vacía. Durante 300 años el Imperio de Roma, tortura y mata a todos los que siguen las enseñanzas del pescador. En adelante, la cruz llevada a Roma por San Pedro dominará sobre el mundo. Esto si que es un milagro!!! ¡Un pescador ha vencido a Roma, pese a la sangrienta persecución de los Césares que se empeñaron en destruir su obra! ¡Doce judíos incultos han vencido a todas las legiones, todas las escuelas filosóficas, todos los enemigos!, y ahora el mundo romano adora a un judío crucificado bajo la palabra de los Doce. Esto aparentemente no es posible... pero sucedió.

Autor: Gastón F. B.
Fuente(s): slideshare.net

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